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"Al flamenco
le faltan muchas cosas, pero le sobran más".
Por ANTONIO ORTEGA
Actualizado: 19/12/2007
La cafetería del Hotel
Barceló Renacimiento, de la Isla de la Cartuja de Sevilla,
nos sirve como lugar de encuentro en una tarde en la que la lluvia
pone la nota melancólica. Javier Barón llega acompañado
de Carlos Sánchez, una de las personas responsables de Dezza
Producciones, la empresa encargada de la representación del
artista. Viste con chubasquero y un gorro impermeable que conforman
lo más destacado de su atuendo. Un café vespertino,
un gintonic, un té y unos cacahuetes dan sabor a nuestras
bocas parlanchinas. El periodista observa que en los ojos del bailaor
subyace una timidez inusitada a pesar de ser uno de los bailaores
más geniales e importantes de la danza flamenca actual. Mientras
el artista responde, oculta con frecuencia sus labios tras el dedo
índice, pierde la mirada en los numerosos objetos que exornan
el bar y busca la aprobación de su manager, quien asiente con
la cabeza consensuando con él cada respuesta que el entrevistado
da. Sin embargo, es tajante con las cosas que le hieren. Conforme avanza
la entrevista, Barón, se va relajando para mostrarse tal cual es
fuera de los escenarios: un tipo peculiar que colecciona en los bolsillos
recortes de prensa de temática muy diferente, un hombre sencillo
que ama el flamenco, un lector selectivo, una persona amable, un ser
cercano que goza del éxito, pero que planta sus botas en la
tierra para no olvidarse de cuáles son sus orígenes.

Fotógrafo:
PACO SÁNCHEZ
Pregunta.
Alcalá de Guadaíra es uno de los pueblos más
flamencos de la geografía andaluza, y usted tuvo la suerte
de nacer en él ¿Qué importancia ha tenido
Alcalá en su vocación artística?
Respuesta. El caso es que mis primeros pasos de baile,
no los di aquí, sino que fue en Dos Hermanas, luego en
Sevilla y más tarde en Madrid. Por lo que mi tierra
más que en mi formación o en mi vocación, yo
diría que ha tenido más que ver en mi trayectoria
vital, porque jamás me he olvidado de cuál ha sido
mi cuna, y he paseado el nombre de Alcalá de Guadaíra
por todos los lugares donde mi baile ha tenido presencia. Y eso es
orgullo, orgullo de alcalareño nativo; aunque he de confesar que a
veces me he planteado con cierta tristeza si mi pueblo siente lo
mismo por mí, si están al tanto de los logros de este
bailaor de flamenco, porque es verdad que los contactos con mi
tierra han sido menos numerosos de los que yo hubiese deseado, y
hasta hace poco cuando se han producido, había premiado
la brevedad.
P. Pero eso va cambiando,
este año no tendrá quejas.
R. Sí, bueno, no sé (en ese momento el techo
acapara la dirección de sus miradas, como queriendo medir
las palabras, suspira y continúa con la respuesta). ¡Uff!…
lo cierto es que ahora no. Yo amo a mi tierra, sabe, y si he de
ser crítico, pues lo soy, pero no puedo negar que este año
he vivido una experiencia inolvidable. Y me explico: hasta hace
muy poco, yo no he podido demostrarle a mis paisanos todo lo que
hay dentro de mí, dado que mis intervenciones bailaoras
casi siempre han sido en el festival Joaquín el de la
Paula; y en un festival, un bailaor hace uno o dos bailes como mucho
, pero no puede poner en escena un espectáculo completo,
algo que, por la estructura de estos eventos, se entiende; pero yo
soy mucho más que un baile por soleá o por seguiriya,
por eso monto espectáculos de mayor envergadura, donde
hay una escenografía, una coreografía, una
iluminación, un guión, y una composición
musical que sirven para poner en escena una idea que pretende llegar
a ser una obra. Por ello, el hecho de haber estado este año en el
Parque Centro con mi espectáculo Notas Al Pie, y después
mostrar "Meridiana" dentro del Festival de Itálica,
en ese inefable marco del castillo, tengo que reconocer que se han
colmado parte de esas inquietudes que yo tenía. Había
necesidad en mí de mostrarle a mis paisanos lo que antes le
decía: que Javier Barón, sin renunciar ni un ápice
a sus raíces, es mucho más que un solo baile. Y me he
sentido muy feliz con la respuesta de la gente. Pero tenía
clavada mi espina.
P. Dicen antropólogos,
científicos, sociólogos… que el artista no nace,
que se hace y que en la sangre no se hereda el arte. En
usted parece que esas afirmaciones ejemplarizan estas
teorías, porque lo de bailar no le viene de familia.
R. (Antes de responder, se ríe) No, no me vino de
familia. En ella hay muchos artistas, pero relacionados con otras
artes. Yo soy hijo de una familia humilde, de trabajadores, en la
que el dinero no sobraba: mi padre era jefe de cocina; mi madre,
ama de casa; mi hermano, estudiante; y el único que se
dedicó profesionalmente al arte fui yo. Los inicios no fueron
fáciles, sobre todo porque había muchos gastos que
cubrir, gastos de desplazamientos, de clases, de equipamiento,
en fin de cosas que eran necesarias para una formación
artística. Así, que mis padres se tuvieron que
esforzar; sin embargo yo no era muy consciente de las directrices de
mi vida, por lo que creo que fueron los demás los que
descubrieron que yo tenía cualidades, sobre todo mi tío
Manolo, que en paz descanse. Él, me ayudó mucho, y fue quien
me llevó a Madrid para que avanzara en mi formación.
Al principio, estuve dos años estudiando en Sevilla con Pepe
Ríos, que me enseñó el compás y a bailar por
soleá y por alegrías, pero una vez aprendido eso
había que seguir recibiendo conocimientos. Y después
de muchas idas y venidas, finalmente me afinqué
allí para estudiar más.
P. ¿Qué
recuerda con más nitidez de aquella época de
iniciación y de nuevas enseñanzas en una ciudad tan
diferente a la suya?
R. Me acuerdo del Corral de la Morería, y de
Manuel del Rey. Él me ayudó mucho, ya que me dejaba
bailar para que me pudieran ver los representantes, y eso
que se podía buscar un problema gordo, porque un
menor no podía estar a ciertas horas de la noche en
un local que era para mayores y menos encima de un escenario.
Lo recuerdo con admiración y con mucho cariño. Por
lo demás, no extrañé demasiado la tierra porque
mis días pasaban con la mirada puesta en un solo sentido:
el baile.
P. Sin embargo,
su debut profesional se produjo mucho antes, cuando sólo
tenía once años, y no fue en Madrid precisamente, ni
siquiera en España.
R. Exacto, fue en Roma con la compañía del
bailaor Luisillo, recientemente fallecido. Llevaba un
espectáculo en el que yo hacía un extra.
Recuerdo que me tuvo que acompañar mi madre porque era
menor de edad. Allí, en la plaza de San Pedro, nos
dio la bendición el Papa Pablo VI. Los recuerdos
son imborrables, porque además había
gente maravillosa en aquella compañía, como
Trini España o Paquito Cortés
Y sí,
fui profesional con once años, cuando cobré
mi primer sueldo.
P. ¿Qué
cree que le falta al flamenco y qué le sobra,
según usted?
R. Le sobra gente incompetente, profesionales que
no son serios y representantes que no sean simples
comisionistas, cuya actitud puede arruinar la carrera de un artista.
Y le falta industria, inversión, tiempo para crear
Aquí, vemos como un empresario que no tiene la mínima
idea quiere dirigir a un profesional que sabe mil veces más
que él. Es patético, a veces irritante, desmoralizador,
exhaustivo, angustioso, incluso. Algún que otro abrazafarola
sin trayectoria, ni idea de escena, ni de montajes, ni de
música, ni de guiones, ni mucho menos de flamenco ni de los
flamencos, osan en imponer ideas como si fueran dogmas, y eso hay
que rechazarlo. De lo único que saben es de porcentajes
y de talonarios.
P.
¿Javier Barón manda en su hambre
?
R. (Se pone serio y responde con un hálito de
tristeza y de resignación) Decir que sí
sería precioso, pero la realidad es otra. A veces,
también me dan ganas de mandar a más de uno a
hacer puñetas, por no decir a otro sitio peor; el mercado del
flamenco tiene una naturaleza que no hay quien la cambie, al
final nos damos cuenta de que si quieres vivir o sobrevivir
de tu arte tienes que saber administrarte dentro de esa
dinámica que han impuestos los que manejan los hilos
de las contrataciones. Es una dinámica en la que el
"todo vale, tiene un precio". Por eso le digo que
no somos los dueños de nuestra hambre; en ocasiones es ella
nuestra dueña
Es difícil, a veces imprudente,
decir lo que se piensa, y menos aún cuando tienes
personas de las que eres directemente responsable. Uno intenta
hacer las menos concesiones posibles, pero la realidad es que
en muchas ocasiones hocicamos, y eso es una dinámica
peligrosa: si no lo haces tú, lo acaba haciendo otro,
y eso lo soportas una vez, quizás dos, o, incluso,
tres, pero cuando observas cómo te afecta el trapicheo
de los que sólo piensan en ellos… Que también
hay que decir que es muy lícito. Y que cada uno
sabrá por qué lo hace o cuáles son sus
necesidades. En fin, que es todo muy complejo. Uno piensa:
yo sólo quiero disfrutar con mi arte y hacer disfrutar
a los que vienen a verme, de lo demás, que me dejen…
P.¿Y un bailaor
de su talla puede vivir bien de su profesión?
R. Yo sería un desagradecido si viendo como
está el mercado, me quejara. He sido un privilegiado
en ese sentido, porque siempre he vivido de mi baile, pero
no crea que es fácil. Las cuentas son muy clara: para
no pasar apuros el mes se tiene que cerrar al menos con
cuatro bolos. Lo que ocurre es que cuando no es así,
pues hay que vivir tirando de las rentas que te dejaron
otros meses que fueron más productivos. Así
vivimos los artistas, usted lo sabe como yo…
P. Disculpe si soy
indiscreto, pero es que me gustaría saber cómo se
tomó que la Bienal de Flamenco no contara con usted en
la pasada edición, y que luego, el consejo asesor de
la misma le otorgase un Giraldillo por una participación
suya en el espectáculo de otros compañeros?
R. Muy mal. Por todos los años en los que he estado
participando en ella, porque era una Bienal dedicada al baile
y porque no recibí de parte de su director el trato
que creo que me merezco después de mi trayectoria.
Yo no soy un pedante, pero es que ya son muchos años de
profesión. Todo lo querían hacer corriendo y
a última hora, además diciéndome ellos
qué tenía que hacer y cuánto me iban a
pagar, y a mi arte le pongo precio yo, si me tengo que adaptar,
me adapto, pero no supeditándome a lo que ellos me
querían imponer de tan mala forma. Yo soy otra cosa.
Y bueno, en mi currículo consta haber ganado un
Giraldillo en tiempos en los que había que concursar
para lograrlo. Ahora no. Ahora los Giraldillos lo dan como
si fueran llaveros. Para mí, mi Giraldillo, es el
que yo gané en el 1988. Por entonces este galardón
tenía un prestigio, ahora lo han devaluado. Cuando me
comunicaron que se me concedía un Giraldillo por unos
minutos de actuación en el espectáculo Los
Juncales, no me lo creía, incluso llamé a Carlos
(se refiere a Carlos Sánchez, uno de sus managers)
porque pensaba que era otro cachondeo más de esta
organización. Cómo ocurren estas cosas,
me pregunté.
P. Y si piensa
así por qué fue a recoger el galardón.
R. Para permitirme el lujo de que usted pueda hacerme
esta pregunta, de subirme al escenario del Lope de Vega
y de decir lo que pensaba.
P.¿No pensó
en ningún momento que pudo tratarse de una rebelión
materializada por una parte del jurado que no entendió que
su nombre no formara parte de la programación?
R.Pues no lo sé. Yo tengo mi particular
visión de ese tipo de tribunales que juzgan el arte.
También hubo un consejo asesor formado por
personalidades representativas del flamenco, ¿no?
P.Bueno… Yo que
por mi trabajo fui a todos los espectáculos, nunca
conseguí ver a todos los componentes del jurado juntos
en ningún espectáculo. Así que tampoco
entiendo cuáles fueron los criterios que siguieron
para otorgar los Giraldillos.
R.Pues entonces no hay más de qué
hablar. Si es así, me lo pone más fácil.
P.Pero ¿usted
presentó algún proyecto?
R.Claro que sí, como siempre he hecho. Les
presenté el Dime, uno de mis montajes más
exitosos. Un espectáculo renovado y revisado que ha
sido galardonado con cuatro premios, pero intuí, en
el calor indómito del momento, que este señor (se
refiere a Domingo González, el director de la Bienal)
ignoraba este extremo. Reconozco, que a pesar de ser un hombre
sereno, aquello me dolió en el alma. Porque incluso me
llegó a decir que el Dime ya lo había presentado
en la Bienal de hacía seis años, y le tuve que decirle
que no, que lo puse en escena hacía cuatro. Y no lo
entendí. Cuando me llamaron me dijeron que no había
dinero, y yo les dije: pues si no hay dinero, esto es lo que
yo les puedo ofrecer. Primero porque no podía volver
a invertir en una nueva obra cuyo presupuesto no cubriría
ni los gastos de producción, ni de creación; y
segundo porque, dadas las circunstancias, me apetecía
retomar el Dime; eso sí, con numerosas incorporaciones
nuevas. Pero no cuajó. Después, comprobé
que en la programación habían incluido varios
espectáculos que ya se habían representado en
Bienales anteriores (en ese momento vacila ejercitando
reiterados movimientos de cabeza). Fue entonces cuando
entendí aún menos la propuesta que me hacían
desde la dirección de la Bienal. No comprendí
la vara de medir que utilizaban. Me indignó.
P.¿Tanto
como para no presentar un nuevo proyecto para la
próxima Bienal?
R.No eso sería orgullo, rencor… No. No se trata
de eso. Yo sólo he manifestado lo que pensaba al
respecto, que es algo a lo que tengo derecho por ser parte
integrante de los hechos. Pero mi profesionalidad y mi
público están por encima de todo eso. Y yo no
tengo nada en contra de la Bienal, todo lo contrario, insisto
en que es la muestra más importante del mundo y voy a
querer estar en ella siempre. En aquel momento no se dieron
las circunstancias y no me parecieron acertadas las formas,
nada más. Tengo la esperanza de que las cosas cambien.
Yo, como artista, me debo a mi arte y a mis creaciones, por
ello me encantaría formar parte de la programación
de la próxima edición. Así que, como siempre
he hecho, este año hemos presentado dos propuestas: Meridiana y
A Dos Voces, con la que estuve no hace mucho en California. Pero
aún no hemos tenido respuesta. En abril llevaré
Meridiana a Flamenco Festival de París. Y si los responsables
de la muestra sevillana quieren pondré cualquiera de
los montajes en escena aquí en Sevilla. Así,
que sólo me queda esperar.
P.Pero no sólo
de la Bienal vive el artista…
R.Evidentemente no. Es una muestra que realiza cada dos
años, y el artista tiene que comer todos los días.
Pero entiendo que estar ahí es importante, porque es
un escaparate, porque es el festival más prestigioso
del mundo y, además, es el de mi tierra. Pero tenemos
que cambiar esa filosofía que dice que aquí
hay que estrenar una obra por fuerza, que no es que sea una
"imposición" de la Bienal, pero sí
lo que se desea. Y ¡uff…! Habrá que calibrar todos los
elementos, ¿no?, entre otras cosas porque la Bienal no
produce espectáculos, ni organiza giras para
rentabilizarlos a posteriori.
P.Qué hace
cuando no está de gira, cuando no baila.
R.Pienso, ensayo, leo, proyecto, disfruto de los amigos,
de mi pareja, del espacio de intimidad que me da mi casa, veo
otros espectáculos, escucho música, disfruto
de la tranquilidad, paseo…
P.¿Le molestan
las críticas?
R.Forman parte de este mundo. Algunas las acepto con
resignación; de otras, aprendo. Lo que me molestan
son las descalificaciones peyorativas, y los juicios que en
una crítica de arte pueda hacer el que la firma de
aspectos que no tienen que ver con el arte, con la propuesta
que está viendo en ese momento sobre el escenario.
Porque cuando se produce eso, y en el flamenco ocurre con
frecuencia, ya no es una crítica de arte, es un
artículo de opinión de alguien que no maneja
toda la información. En lo demás, pienso que
para nosotros es bueno que existan ustedes. Sois los que
hacéis posible que el mundo sepa lo que estamos
haciendo.
Esas palabras sirvieron
para pulsar el Estop de la grabadora y dar por finalizado un
encuentro que duró cerca de dos horas. Barón
pidió la cuenta, se colocó su chubasquero y
su gorro impermeable y se marchó con ese hálito
de timidez que pierde cuandeo se sube a un escenario.
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