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Especial XII festival de Jerez

Romalí: Bailes de Manuela

Fotografías: PACO SÁNCHEZ
Actualizado: 03/03/2008

Ficha artística:

Espectáculo: Romalí. Baile: Manuela Carrasco, Maha Akhtar (colaboración especial), El Torombo (artista Invitado). Cante: Enrique El Extremeño, José Valencia, Antonio Zúñiga, Samara Amador, Pilar Carmona. Guitarras: Joaquín Amador, Ramón Amador, Román Vicenti. Percusión: José Carrasco. Músicos Hindúes: Rajeeb Charaborty, Pandit Ramesh Misra, Sanju Sanhai. Coreografías: Manuela Carrasco. Música: Joaquín Amador. Iluminación: Juan San Pedro. Sonido: Fali Pipió. Vestuario: Rocío Lina. Sastra: Dolores. Dirección escénica: Javier Latorre. Dirección Artística: J. Goatinsa SL. XII Festival de Jerez.


 Manuela Carrasco

Jerez de la Frontera 2 de marzo. Un año y casi un mes después de haber sido estrenado en el teatro Gran Vía de Madrid, dentro del Festival Andalucía Flamenca, Romalí (danzas de gitanos), exponía los resultados de su errancia en el escenario del Villamarta ante un público ávido de ver en escena el último montaje de Manuela Carrasco.

Romalí, es una propuesta que se vio obligada a superar vicisitudes desde el mismo momento en que Ramón Oller decidió apartarse de la dirección escénica a pocos días de su estreno, una labor que asumió sin complejos Javier Latorre. En Madrid, dadas las circunstancias, la comprensión se impuso al resultado escénico, que no fue brillante. Ahora, no. Porque el tiempo ha rodado negativamente en la puesta en escena, que continúa exhibiendo demasiadas carencias: técnicos que se cruzan, sombras de regidores en los fondos chinescos y movimientos de un grupo errante que a veces parecía desconocer sus destinos. La imagen que proyectaban es lo que en teatro llaman un escenario “sucio”, esto es, demasiadas personas sobre las tablas sin ocupar un papel definido, necesario. Tras lo visto en Madrid esperábamos mejoras sustanciales, que no se produjeron: el sonido fue azaroso, ruidoso, pero Fali Pipió hizo magia hasta en los acoples y en los chirriantes tercios de Antonio Zúñiga que alzó los tonos tan desproporcionadamente que era ininteligible. Qué pena da poseer un cancionero de coplas flamencas tan rico y no lograr descifrar qué dice el que lo canta. El cante, como decía Caracol no es hablao ni chillao, sino cantao. Un defecto que también destaco negativamente en el grupo cuando aunaban sus voces para hacer coros. Desafinaban ante la impotencia de un Enrique El Extremeño, y de un José Valencia que está en su mejor momento, pero que a veces no consigue administrar ese caudal de voz que le ha dado la naturaleza. Aún así, Valencia, es el cantaor con más enjundia y sabor de su generación, el mejor del momento para el baile. Por eso le canta como lo hace a los mejores y a los que tienen menos nombre, como a El Torombo, que actuó en calidad de artista invitado en Romalí dejando en las tablas unas hechuras por alegrías y por soleás por bulerías que lo definen como un artista peculiarísimo, de regusto, de corto recorrido técnico, pero espectacular: no se puede bailar más gitano sin serlo. Sus bailes pusieron la jocosidad y la picaresca a esa pena que acompaña a la historia del pueblo romanó.


 El Torombo (arriba), Maha Akhtar y Manuela Carrasco (abajo)

En el programa de mano Manuela cuenta que en este montaje “aspira a hermanar la India con Andalucía, armonizar el flamenco con el Khatak indio”. Una idea patente, lograda, sin resquicios en la terna de bailes y en las armonías; no así en el movimiento, que se hermana con Maha Akhtar, sí, pero a modo de coda, jamás en piezas completas. Sólo compartieron algo más de tiempo en el remate de Manuel Molina por seguiriya. Y Ahí se quedó parado el tiempo del reloj fraternal. Las similitudes de ambas músicas son palpables, los movimientos dancísticos semejantes, pero de la cepa han crecido diferentes frutos, y al final lo que se aprecia es la musicalidad indú más marcada en la cadencia, más traída al terreno flamenco. Los nueve movimientos que conforman Romalí son los que siempre ha cosechado Carrasco en su baile: Alboreá y bulerías romanceadas, fandangos y verdiales (sólo cantados), alegrías, tangos, seguiriyas, soleá y bulerías. Un repertorio que es ella en sí misma, que le ha hecho merecedora del Premio Nacional de Danza, pero con otro decorado de fondo. Da igual el título que resplandezca en las marquesinas, al final todo se ubica en un guión en el que la trianera hace sus bailes, sus vertiginosos y enrabietados taconeos, sus gestos de pura sinceridad sentimental, sus movimientos de brazos, a veces anárquicos, a veces estáticos…, obras de arte que en Jerez (en Japón o en Australia) tomaron más relumbre en la soleá, repleta de hermosas estampas, de desplantes, de compás, de fuerza. Un nivel que mantuvo también en las alegrías y en la seguiriya. Son joyas de una diosa de ébano, de una bailaora pura por sí misma, de una medalla del baile flamenco, que no es más grande porque luzca ahora la de Andalucía. Ni por Romalí, sino por sus bailes.

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