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La calle como tablao
Desde hace dos meses la
emblemática avenida de la Constitución,
aledaña a la Catedral de Sevilla, se ha convertido
en el espacio por excelencia del arte flamenco callejero.
Es allí donde un grupo de extranjeros estudiantes
de flamenco, ya en camino de la profesionalización,
puso en marcha un plan de trabajo original: montar un
tablao en la calle o convertir la calle en un tablao. Y
es que aquí hay una gran paradoja que la sabiduría
del pueblo ha sabido muy bien reflejar, en casa del herrero
cuchillo de palo: tanto hablar del flamenco como elemento
identitario de la cultura andaluza, pero nada de representarlo
públicamente. Los más destacados rasgos del
flamenco visibles en las calles del centro histórico
de Sevilla son los que conforman los carteles que anuncian
tablaos y espectáculos, los escaparates de moda
flamenca, las postales estereotipadas, o delantales de
lunares que habitan en los expositores de las tiendas
turísticas del barrio de Santa Cruz.
De ahí que Danila y Ana, las protagonistas de esta
iniciativa, frente a la escasez de dinero y ante su
pasión por bailar, no tuvieron que pensarlo mucho
cuando decidieron montar un pequeño tablao
improvisado en la calle y probar suerte con el sombrero
cordobés. Tímidamente el primer día
y en falta de los medios de trabajo necesarios, ganaron
su primer dinero utilizando un casco para moto. Muy
rápido vino la consolidación como artistas
flamencas de la calle, la gente se enganchó
enseguida con su espectáculo y apoyó esta
iniciativa de las jóvenes bailaoras desde el
principio. No eran pocas las veces que se escuchaba a la
gente decir: "nos están alegrando la vida",
a la vez que se quedaban perplejos cuando alguien les
aclaraba que Danila no era trianera, sino italiana; y que
Ana era de Taiwán, y no de Japón. Es
difícil quizás creer que el sentir
flamenco no es una propiedad congénita sino
una técnica que se aprende y una actitud
que se interpreta gracias a mucho esfuerzo,
empeño y trabajo.
Basta con ver bailando a Danila y Ana para darse
cuenta de que son una auténtica pareja de baile
flamenco que mezcla elementos novedosos con
movimientos más estilizados aprendidos en las
"academias". Las dos bailaoras tienen todos los
requisitos del arte flamenco para seducir al público:
fuerza y balanceo de caderas, sonrisas brillantes, actitud
valiente y un cuadro interesante de cantaores y músicos
(Stieven, de Francia; Sergio, de Cataluña; Shuki,
de Israel; Laura, Juan y Nacho, de Andalucía los
tres, que les acompañan intercalando la calle con
otros compromisos profesionales). De ahí que,
a raíz del éxito que está teniendo esta
salida laboral autogestionada, hayan decidido formar su propio
cuadro flamenco bautizándolo con el nombre "Son
de Afuera". El mensaje es explicito: "somos de
afuera, somos extranjeros y esta es nuestra forma de hacer
flamenco". Allí están para que la
gente les mire, valoren su trabajo y conozcan a
su grupo.
Para Danila cuyo nombre artístico es "Danila
la Bambina", el flamenco es un camino a andar, un
medio para llegar a la expresión más
profunda de los sentimientos que vienen primariamente
marcados "en mi caso por mi cultura italiana del sur y
por lo tanto muy cercana a la cultura andaluza".
Para Ana es una lucha con una realidad que muchas veces la
supera. "¿Tanto zapateado para que?",
se pregunta a menudo después de haber ensayado horas
y horas, zapateando delante de un espejo con el cronómetro
al lado, buscando la máxima velocidad y el buen
soniquete. Momentos difíciles, contradictorios, y
conflictivos que todas las chicas extranjeras hemos
experimentado al entrar en el mundo del flamenco.
Este novedoso momento
que vive la avenida Constitución y sus transeúntes
desde hace dos meses ha generado un nuevo espacio para
los amantes del flamenco y para los curiosos que desean
conocerlo. Si bien las chicas al principio pensaban que su
público lo formarían mayoritariamente turistas
atraídos por la difusión y la repercusión
mediática del flamenco, pero se sorprendieron
sobremanera al comprobar que fueron primero andaluzas y
andaluces quienes les apoyaron en su aventura callejera.
El grupo "Son de
afuera" ya tiene su propio público aficionado,
personas de edades y nacionalidades varias. No obstante,
los comentarios son variopintos y no faltan quienes
al acercarse y verlas bailar desconfíe al
principio de su capacidad artística, un valor que
asumen una vez comprobadas las cualidades que atesoran.
Incluso, les cuesta mucho creer que dos chicas que no son
andaluzas puedan bailar tan bien y con tanto arte. Esto a
su vez incita a pensar en varias cuestiones importantes:
por un lado demuestra la necesidad que subyace en el flamenco
de ser manifestado también en espacios públicos,
al alcance y el disfrute de todos; por otro lado, suscita
la reflexión sobre la relación que existe de
los extranjeros con este arte, ya que una gran parte de
la sociedad andaluza desconoce totalmente la profunda
conexión y la dedicación sistemática
que algunos de ellos invierten en la enseñanza, el
aprendizaje y en andar sus caminos hacia la profesionalización,
tanto en tierras andaluzas como en sus países
de origen.
La acogida que ha tenido
la iniciativa de Danila y Ana de acercar el flamenco al
público sevillano pone de manifiesto la función
social de la calle como plataforma para la difusión
de numerosas manifestaciones culturales, un espacio de
encuentro entre el público y los artistas
jóvenes. Una función que podría haber
sido prevista y avalada por las políticas publicas
de gestión cultural de la ciudad que, en el caso
del arte flamenco es totalmente descuidada, cuando no prohibida.
Quizás lo que más
ha calado en nuestras conciencias como ciudadanos-visitantes
diarios del centro de Sevilla es que el flamenco, el arte
andaluz por excelencia, puede alegrar nuestra vida cotidiana y
puede servir como puente de comunicación para el
entendimiento de la diversidad cultural y de las hibridaciones
culturales que enriquecen nuestro día a día.
Ver a Danila y Ana bailando sevillanas
con elegancia e improvisación insólita; verlas interpretando tangos y
alegrías, con todo su arte y toda su gracia acompañadas
de la guitarra de Stieven, presenciar cómo invitan a los
transeúntes a que se acerquen para transmitirles el amor
que sienten por este arte es una actitud que rinde homenaje al
hecho cultural flamenco que tanto queremos en la tierra andaluza.
Felicito (me generan optimismo) estas iniciativas y animo a que
reflexionemos todos sobre las diversas formas de liberar el
flamenco y dejarlo fluir abierto, dinámico y polifacético
por las calles de Andalucía.
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