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Antonio Canales;
baile de hombre
No podría haber sido más
ortodoxa. En mí artículo anterior estaba hablando de la
distinción de género en el baile flamenco –baile de hombre
y baile de mujer- trazando un breve recorrido por la construcción
histórica de tales categorías. Llamaba también la
atención en como esta separación tajante se ha convertido en una
regla axiomática (Antonio Ortega la denominaría quizás
como otro eterno lastre). Y aparece Antonio Canales con su
compañía el jueves pasado –dentro de la programación de
los jueves flamencos del centro cultural Cajasol de Sevilla- en su espectáculo
designado con el nombre Bailaor. El Bailaor se convierte así en
el puente entre la teoría y la praxis: como aplicar en la acción
de los hechos la teoría de las palabras. ¿Como distinguir los
elementos de baile de hombre en el Bailaor? El título parece todo un
reto de por sí, pero el baile de Antonio Canales lo superó.
Si estuviera vivo Vicente Escudero, o
tendría que replantear su Decálogo de buen bailarín
(1951) o admitir al menos -y considero que su carácter vanguardista
se lo motivaría- que Antonio Canales en Bailaor rompió con
muchos esquemas del baile masculino ortodoxo renovándolo y llevándolo
al estatus artístico y personal de su propio baile flamenco. El
artista recorrió todo el escenario manteniendo su cuerpo
gigantesco erguido y elegante. Su presencia física, emocional y
flamenca impactaba al público dejando varias veces la sala en
momentos de tensión catártica que hacía que el
público se desahogara jaleándolo en voz alta,
animándolo, acompañándolo en su baile.
Sus pies tenían la fuerza de
un instrumento musical y sus remates valían más que
miles zapateados continuos. Intercaló momentos de quietud con
otros de ansiedad y extroversión; elementos dramatizados con
otros más tiernos y suaves, matizando a la vez la regla de
los polos opuestos que se atraen y se complementan. Pero lo que más
me gustó fue el uso de sus caderas y braceos; estás
características tan femeninas en el baile flamenco
–y en la vida por supuesto- que añadieron un toque de personalidad
propia en su baile, de la capacidad artística y emocional de un
bailaor para transmitir con su baile la masculinidad y feminidad de la
propia vida sin dejar por eso de lado su sello personal y actitud propia.
Canales bailó su Bailaor y al público le encantó,
le penetró y le llegó el mensaje: aquí baila un
flamenco Bailaor.
En el fin de fiesta por tangos casi
roba el protagonismo de Pastora Galván, una figura femenina nacida
para bailar tangos, y eso porque Antonio salió con fuerza y valentía
iniciando la fiesta con unos marcajes muy de cadera, hombro, mirada y brazos.
Fue un encanto ver a este hombre tan maduro, tan grande y tan veterano en
el baile flamenco dejarse llevar por los sentimientos de los tangos que
requieren esta misma actitud; balancearse, sentirse gordo y
pesado, bailarle a la tierra y mover las muñecas con aire y gracia.
Como si fueras una viejecita alegre pero con emociones de una niñata.
Eso no quiere decir que las emociones marcan edades sino que los cuerpos
arrastran las emociones y las hacen visibles de mil maneras según
criterios como la edad, la cultura, el género. Criterios que pueden
coexistir con decisiones propias que en el mundo del arte confiere al
artista el sello personal.
Si Antonio Canales pudo demostrar en
escena que el préstamo de elementos y rasgos característicos
del baile femenino se puede aplicar y enriquecer del baile de hombre -sin
que por eso se pierda la distinción- entonces se queda rotundamente
demostrada la hipótesis de la regla: las normativas que encorsetan
el baile en lugares exclusivos –baile femenino y baile masculino- han
penetrado fuertemente en nuestras conciencias. Si bien forman parte de
nuestros criterios a la hora de valorar el baile flamenco no por eso son
categorías pertenecientes al mundo mítico-mágico de
la verdad sino de nuestra propia construcción de la
realidad. Antonio Canales es un artista excepcional que luce en el
escenario haga lo que haga con su baile. La excepción –a la vez
que la cuestiona- confirma la regla.
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