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Los rostros flamencos
La primera vez que vi a un rostro flamenco fue cuando un amigo íntimo me regaló el libro de Jerónimo Navarrete Los ojos del flamenco (1999). Como recién estaba empezando a descubrir el mundo de los flamencos aquel regalo significó para mi el inicio de una larga relación de amor y búsqueda de significados: como entender, conocer y explorar con mis propios ojos los múltiples ojos pertenecientes a rostros flamencos. Y aquel álbum me había gustado mucho. Navarrete retrataba los flamencos con gran delicadeza y afectividad, con sus rasgos étnicos bien definidos, su carácter andaluz bien marcado y sin la sobrecarga de la luz artificial. Se asume que en un retrato se busca la complicidad con el personaje retratado y dicen que cuando más involucrado en la escena sea el fotógrafo, mejor se reflejarán en su retrato elementos no visibles tales como la idiosincrasia, la personalidad, los sentimientos, el carácter étnico, el momento histórico-cultural congelado. Hay que tener también en cuenta que la intencionalidad de un retrato no sólo consiste en representar la apariencia física de la persona –o incluso lograr captar su personalidad- sino también apunta a reflejar al mismo artista. Detrás de cada rostro flamenco se encuentra el ojo de un fotógrafo. Para mi todo eso lo había conseguido Navarrete y sus rostros flamencos me hacían viajar hacia los fondos de una cultura y un arte mediante aquellos ojos flamencos.

Fotografía de Jerónimo Navarrete. Ramón, el Portugués e hijo. Cantaor. 1993
Es así que a lo largo de esta búsqueda detrás de las huellas de los rostros flamencos que Navarrete había talado en mi memoria, Iba descubriendo que desde los viajeros románticos –ingleses y franceses del siglo XIX influidos por los clichés exóticos - hasta los artistas contemporáneos había habido un gran afán por intentar retratar los rostros flamencos. Para algunos fotógrafos los flamencos eran exóticos y místicos –representantes de la alteridad; para otros los rostros flamencos eran portadores de la esencia –representantes de lo jondo y del duende. Algunos se enfocaron en los grandes personajes flamencos retratados en momentos lúdicos, familiares, cotidianos, extra- oficiales queriendo resaltar la faceta humana y profana de los artistas. Como afirmaba el propio Navarrete en la introducción de su libro en circunstancias no previamente dispuestas para la realización del retrato, sino en el primer lugar donde pudiera coincidir con ellos: camerinos, pasillos oscuros, lavabos, o en un ámbito doméstico. Otros fotógrafos desde diferentes imaginarios culturales retrataron los rostros míticos del flamenco aludiendo a comparaciones y semejanzas de su propio contexto cultural.
Tal es el caso del argentino José Lamarca que reivindicaba trabajos con valor documental y encontró en el rostro del Camarón aires de Che Guevara del flamenco.

Fotografía de José Lamarca. Portada de Camarón de la Isla
Algunos fotógrafos se dedicaron más a retratar los rostros flamencos en el contexto de su oficio, en plena actuación del artista, exaltando los rasgos flamencos sobre sus rasgos humanos: quejío, ansiedad, exaltación, dolor, angustia, hondura. Y en las últimas tendencias podemos destacar la preeminencia de lo artístico sobre los artistas quizás: se buscan más las formas flamencas, la estética, la volatilidad y la fragilidad de los rostros y de los cuerpos. Se buscan retratar los matices de las pasiones y por eso las fotos de los rostros flamencos son cada vez mas coloridas, más distorsionadas y más efectistas (si bien es verdad que el desarrollo de la tecnología ha posibilitado estas nuevas búsquedas).
En el último cartel de la Bienal de Flamenco –una fotografía del artista colombiano Ruven Afanador- el rostro flamenco desaparece. Prevalecen la silueta del cuerpo tiznado en negro de una bailaora desnuda, un icono –una peineta en dimensiones hiperbólicas-, y el logo de la Bienal. El rostro flamenco no tiene rasgos. Un cartel postmoderno, abstracto y genérico, donde la perdida del rostro hace resaltar más el mensaje mediático de promoción de la Bienal. Parece interesante la idea de generar una concepción de lo flamenco en términos abiertos y polivalentes, pero otra vez se corre el peligro de convertir la idea fundamental –el flamenco andaluz- en un producto genérico, vaciado de su contenido cultural, con menos identidad étnica y mas identidad mercantil. Personalmente prefiero los rostros flamencos bien definidos, con todas la grietas de su historia y su cultura, portadores no sólo de un arte sino también de una historia, una profesión y una experiencia. No obstante, defiendo el derecho a la experimentación y sostengo la idea de que la fotografía no es más que un momento congelado, una distorsión que queda siempre aniquilada delante de la realidad retratada: los verdaderos rostros flamencos que dan sentido a la existencia de su arte y llenan de contenido lo que pueda quedar vacío en la imagen.

cartel de la Bienal de Flamenco. Por Ruven Afanador
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