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Konstantina Bousmpoura

El festival de Jerez en términos identitarios

Actualizado: 06/03/2008

La cotidianidad del festival de Jerez es sin duda su carácter más visible: espectáculos diarios de flamenco o de danza española, vaivén de gente en un ambiente cosmopolita, tertulias, eventos culturales, crítica diaria de los espectáculos en diferentes fuentes mediáticas, noches híbridas de arte y derroche de energía y días ajetreados en compras, encuentros y seguimiento ritualizado de la apretada agenda del festival. No obstante hay otros aspectos del festival jerezano, no tan visibles y espectaculares, y por lo tanto no fácilmente abordables y entendibles. Desde mi punto de vista la aproximación a estos aspectos es muy importante a la hora de tener una imagen abarcadora de un festival local que cada año logra reunir por las mismas fechas y durante tan solo tres semanas aproximadamente a unos 32.000 visitantes.

Empecemos entonces por este número elevado tratando de personificarlo. Hace una semana El diario de Jerez anunciaba que la Fundación Teatro Villamaría calculaba que iban a pasar por la ciudad unos “32.000 visitantes de más de 40 países”. De esa forma el periódico jerezano quería enfatizar en el origen extranjero de la potencial afluencia de visitantes que la localidad Jerezana calculaba recibir (Diario de Jerez 21.08.2008). La intencionalidad de las autoridades locales detrás de estos números son obvias: hacer cálculos para prepararse mejor ante las exigencias de los turistas y equiparar de forma óptima el sector turístico local y las redes de comercialización de este evento. Lo que no es obvio es que este número elevado de extranjeros pertenece a varias nacionalidades –entre las cuales prevalecen la alemana, japonesa, italiana y taiwanesa- que rinden homenaje cada año al festival, transmiten la imagen andaluza a sus respectivos países, difunden las novedades del mundo flamenco, establecen redes sociales de contactos, llenan los auditorios de las salas y generan un superávit en la balanza comercial de la localidad jerezana. Sin embargo la afluencia extranjera no es sólo una fuente de ingresos económicos sino también un espejo prismático de las múltiples identidades del festival.

Por un lado, el festival de Jerez es una ocasión para potenciar la identidad cultural local frente a los “otros” visitantes extranjeros: promocionar no sólo el flamenco y la danza española, sino también los productos locales, los hábitos andaluces, la gastronomía jerezana, la ciudad y su patrimonio. Por otro lado se crea un contexto de enculturación flamenca, acentuado por los cursos de baile que cada año reciben unas setecientas alumnas de treinta países que conviven y comparten tiempos y espacios durante tres semanas. Se genera un movimiento continuo de personas, de ideas y de espectáculos que engendran una comunidad flamenca que mueve y promueve año tras año este complejo evento -un negocio de turismo de cultura y de ocio y un certamen de cultura flamenca y de exaltación de la identidad local. En este segundo sentido, el festival es un tiempo liminal luego del cual cada uno vuelve a su tiempo “normal”: los jerezanos a sus hábitos cotidianos, los especialistas a sus ciudades, los artistas a su trabajo y los turistas a su lugar de origen (extranjeros aficionados al flamenco, profesionales, estudiantes y visitantes ocasionales que viven de manera efímera el cronograma del festival). Los extranjeros a su vez serán los embajadores informales del festival de Jerez, los que van a transportar la imagen andaluza a sus respectivas países. Todo lo que vivieron y experimentaron durante estas tres semanas de pronto será exportado a otro contexto cultural: la calidad de la hospitalidad jerezana, las experiencias, los nuevos conocimientos adquiridos, las amistades y relaciones afectivas, los regalos y obsequios andaluces, el cotilleo acerca del festival. Dejarán constancia de sus impresiones acerca de las miradas “nativas” sobre la presencia de lo “guiris flamencos” y de las “extranjeras cursillistas”, de los diversos tratos, del mestizaje cultural, de las nuevas relaciones que se marcaron en el contexto festivo.

En definitiva el festival de Jerez es un espacio híbrido que brinda una única oportunidad de interculturalidad: mostrar las múltiples facetas identitarias que surgen cuando diferentes etnicidades afrontan el reto de convivir por unos 15 días en un mismo contexto cultural; un espacio de convivencia que sirve para que los “otros” culturales reafirmen e intercambien su rasgos identitarios gracias al ambiente festivo y multicultural que brinda el festival de Jerez.

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