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Elizabeth Ortega

"Lo que esa niña hace no es flamenco"

Actualizado: 09/12/2007

'Turquesa como el limón'

Baile: Rocío Molina, Laura Rozalén. Guitarra: Paco Cruz, Manuel Cañas. Cante: Jesús Corbacho. Percusión: Sergio Martínez. Palmas: Popi, Vanessa Coloma

"No es flamenco. Lo que esa niña hace no es flamenco". Sentenció sin más la que ha sido la maestra de la Escuela Sevillana del baile: Doña Matilde Coral. ¿Y qué es el flamenco?, me pregunto con la curiosidad de la neófita en este arte ancestral. Dolor, como diría El Terremoto. Del que se cuenta, que al preguntarle por la muerte de su madre, contestó: Me duele tanto que me he pasado toda la noche cantándole siguiriyas.

Pero el dolor no es patrimonio de nadie. Cuando una chica de 23 años vestida de negro recibe a su público sirviendo canapés, utilizando su cuerpo -no como escaparate de marcas- sino como expositor de una queja directa que te zamarrea la conciencia... esa joven tiene que sentir mucho dolor. Un dolor que emana de un pilar tan fundamental de la existencia humana como lo es la muerte. La soledad.

La soledad impuesta por una sociedad modelada de prejuicios, que homogeneizan a las personas. La soledad de quien se siente diferente, ama diferente y se quiere expresar de forma diferente en un arte al que le colgamos la etiqueta de universal. Pero el ombliguismo ciega a quienes se acomodan, libres de toda culpa, en el pedestal del que sólo tiene que juzgar.

Rocío Molina, una malagueña de 23 años que sigue paseando su "Turquesa como el limón", estrenado el año pasado en el Teatro Pradillo de Madrid, sí hace flamenco. Y hace flamenco olvidándose de pretensiones y estigmas. Lo hace de forma revolucionaria. Que es el sentido último del arte: remover el status quo imperante. Lo hace desprendiéndose de todas esas sogas que nos cuelgan del cuello y nos convierten en marionetas de un sistema al que no nos atrevemos a rechistar. "Demasiado bajita", "Demasiado gorda". Diez centímetros más y 10 kilos menos. Como si en los números residiera la esencia de las cosas, como diría El Principito.

Sí es flamenco. Y es un flamenco al que muchas mujeres damos la bienvenida porque consigue hablar un lenguaje universal que escudriña en distintas manifestaciones del dolor de nuestros tiempos. La exigencia de una mujer que sigue siendo objeto de deseo, de fetiche, cuya valía queda encorsetada en un cuerpo que la limita. Y Rocío Molina junto con su compañera de baile Laura Rozalén se atreve a hacerle un guiño a todos esos planteamientos conservadores que siguen imponiendo un techo de cristal a la mujer que desafía la mirada dominante.

Rocío encarna el dolor, Laura, el placer de vivir. La una el sufrimiento que genera enfrentarse a lo ya dado; la otra, la alegría de acomodarse en lo preestablecido, en lo seguro. Y ambas nos hacen un guiño a los espectadores para decirnos que nada es como parece. Y se valen de voces en off que asemejan entrevistas en las que se definen mutuamente; de elementos cotidianos como espejos, en los que nos miramos todos; de juegos de luces y sombras que se transforman en las dos caras de la misma moneda, que saben rodar por un escenario que se convierte en el acerado de cualquier calle. La una es el limón, la otra es la turquesa y ambas conjugan su especial juego de luces, en los que el claroscuro nos invita a hacer una retrospección personal de cuáles son las sogas que cuelgan de nuestro cuello.

Y si Rocío ha tenido que sobreponerse al lastre de su estatura y de sus formas boterianas, Laura ha tenido que aprender a reírse de sí misma y de los demás para embutirse en una bata de cola roneando del centenar de kilos que pone encima del escenario. Y lo hace de forma magistral en el garrotín con que nos deleita sin pretensión alguna. Con la fuerza de una sonrisa.

Es como si ambas bailaran para espantar el mal que llevan dentro. El que nosotros hemos proyectado sobre ellas. El que cada sociedad proyecta sobre cada uno de nosotros.

En ocasiones me dio pudor mirarlas, observarlas, porque sentí que invadía un espacio de su intimidad, que llegó al momento cúlmen en su paso a dos. La una, con bata de cola, la otra con palillos... ambas vestidas de negro, y con una luz cenital que las dejaba entre penumbras.

Si, hubo flamenco. Y copla, y boleros, y jotas, hasta rumba. Pero sobre todo hubo revisión, autenticidad, riesgo, valentía... algo que se pierde cuando nos hacemos mayores, cuando vivimos del recuerdo, cuando no somos capaces de emocionarnos sin comprenderlo. Si es flamenco, Matilde. Gracias a Dios, que es flamenco.

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