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"Lo
que esa niña hace no es flamenco"
'Turquesa
como el limón'
Baile:
Rocío Molina, Laura Rozalén. Guitarra:
Paco Cruz, Manuel Cañas. Cante: Jesús
Corbacho. Percusión: Sergio Martínez.
Palmas: Popi, Vanessa Coloma
"No es
flamenco. Lo que esa niña hace no es flamenco".
Sentenció sin más la que ha sido
la maestra de la Escuela Sevillana del baile:
Doña Matilde Coral. ¿Y qué
es el flamenco?, me pregunto con la curiosidad
de la neófita en este arte ancestral. Dolor,
como diría El Terremoto. Del que se cuenta,
que al preguntarle por la muerte de su madre,
contestó: Me duele tanto que me he pasado
toda la noche cantándole siguiriyas.
Pero el dolor no es patrimonio de nadie. Cuando
una chica de 23 años vestida de negro recibe
a su público sirviendo canapés,
utilizando su cuerpo -no como escaparate de marcas-
sino como expositor de una queja directa que te
zamarrea la conciencia... esa joven tiene que
sentir mucho dolor. Un dolor que emana de un pilar
tan fundamental de la existencia humana como lo
es la muerte. La soledad.
La soledad impuesta por una sociedad modelada
de prejuicios, que homogeneizan a las personas.
La soledad de quien se siente diferente, ama diferente
y se quiere expresar de forma diferente en un
arte al que le colgamos la etiqueta de universal.
Pero el ombliguismo ciega a quienes se acomodan,
libres de toda culpa, en el pedestal del que sólo
tiene que juzgar.
Rocío Molina, una malagueña de 23
años que sigue paseando su "Turquesa
como el limón", estrenado el año
pasado en el Teatro Pradillo de Madrid, sí
hace flamenco. Y hace flamenco olvidándose
de pretensiones y estigmas. Lo hace de forma revolucionaria.
Que es el sentido último del arte: remover
el status quo imperante. Lo hace desprendiéndose
de todas esas sogas que nos cuelgan del cuello
y nos convierten en marionetas de un sistema al
que no nos atrevemos a rechistar. "Demasiado
bajita", "Demasiado gorda". Diez
centímetros más y 10 kilos menos.
Como si en los números residiera la esencia
de las cosas, como diría El Principito.
Sí es flamenco. Y es un flamenco al que
muchas mujeres damos la bienvenida porque consigue
hablar un lenguaje universal que escudriña
en distintas manifestaciones del dolor de nuestros
tiempos. La exigencia de una mujer que sigue siendo
objeto de deseo, de fetiche, cuya valía
queda encorsetada en un cuerpo que la limita.
Y Rocío Molina junto con su compañera
de baile Laura Rozalén se atreve a hacerle
un guiño a todos esos planteamientos conservadores
que siguen imponiendo un techo de cristal a la
mujer que desafía la mirada dominante.
Rocío encarna el dolor, Laura, el placer
de vivir. La una el sufrimiento que genera enfrentarse
a lo ya dado; la otra, la alegría de acomodarse
en lo preestablecido, en lo seguro. Y ambas nos
hacen un guiño a los espectadores para
decirnos que nada es como parece. Y se valen de
voces en off que asemejan entrevistas en las que
se definen mutuamente; de elementos cotidianos
como espejos, en los que nos miramos todos; de
juegos de luces y sombras que se transforman en
las dos caras de la misma moneda, que saben rodar
por un escenario que se convierte en el acerado
de cualquier calle. La una es el limón,
la otra es la turquesa y ambas conjugan su especial
juego de luces, en los que el claroscuro nos invita
a hacer una retrospección personal de cuáles
son las sogas que cuelgan de nuestro cuello.
Y si Rocío ha tenido que sobreponerse al
lastre de su estatura y de sus formas boterianas,
Laura ha tenido que aprender a reírse de
sí misma y de los demás para embutirse
en una bata de cola roneando del centenar de kilos
que pone encima del escenario. Y lo hace de forma
magistral en el garrotín con que nos deleita
sin pretensión alguna. Con la fuerza de
una sonrisa.
Es como si ambas bailaran para espantar el mal
que llevan dentro. El que nosotros hemos proyectado
sobre ellas. El que cada sociedad proyecta sobre
cada uno de nosotros.
En ocasiones me dio pudor mirarlas, observarlas,
porque sentí que invadía un espacio
de su intimidad, que llegó al momento cúlmen
en su paso a dos. La una, con bata de cola, la
otra con palillos... ambas vestidas de negro,
y con una luz cenital que las dejaba entre penumbras.
Si, hubo flamenco. Y copla, y boleros, y jotas,
hasta rumba. Pero sobre todo hubo revisión,
autenticidad, riesgo, valentía... algo
que se pierde cuando nos hacemos mayores, cuando
vivimos del recuerdo, cuando no somos capaces
de emocionarnos sin comprenderlo. Si es flamenco,
Matilde. Gracias a Dios, que es flamenco.
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