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El flamenco como
herramienta de transformación social
"El flamenco es un latido de
dolor con el que un pueblo alivia las injusticias heredadas", dicen
unos, y "un negocio para que muchos vivan del cuento", dicen
otros. Los unos se sienten víctimas de una persecución
que los ha marginado históricamente; los otros se quejan de
las ayudas a fondo perdido que se le está ofreciendo a esta
manifestación artística sin que se regule – en muchos
casos- ni la cotización en la seguridad social, a la que
está obligado todo españolito.
Créanme que estas dos posturas
encarnizadas existen entorno al mundo del flamenco. Una representa la
esencia del purismo ancestral, la otra la de un sector de la
población que utiliza cualquier argumento para arremeter
contra un modo de vida que consideran canalla y que en muchos casos
se sale del encorsetamiento con que se regulan otras prácticas
profesionales. Y ante estas dos reflexiones encontradas, en las que
no pretendo profundizar, porque así planteadas te conducen a
un debate estéril y racista por ambos lados, yo me planteo
por qué no se empieza a usar el flamenco como una herramienta
de transformación social especialmente en una comunidad como la
andaluza. Los datos son alarmantes y les invito a reflexionar
sobre ellos.
En estos momentos nadie discute que
el flamenco ha sido fundamental en la construcción identitaria
no sólo del pueblo andaluz, sino del concepto de España.
Prueba de ello, por ejemplo, es la exposición "LA NOCHE
ESPAÑOLA. Flamenco, vanguardia y cultura popular 1865-1936",
residente hasta finales de marzo en el Museo Reina Sofía de
Madrid. En estas obras, distintos autores han plasmado su visión
del flamenco universalizándolo con sus pinceles.
En el mundo, la imagen de España
está intrínsecamente relacionada con el ideario colectivo
asociado al flamenco, y a esa imagen está ligada a la
herencia de la cultura gitana andaluza. Con este silogismo
planteado: ¿Cómo pueden seguir arrojando las encuestas
datos tan preocupantes como los siguientes?:
En Andalucía, 1 de
cada 4 ciudadanos prefiere tener como vecino a un extranjero,
de la nacionalidad que sea, antes que a un gitano. Este es
un dato desgarrador para un pueblo que lleva más de
cinco siglos compartiendo nuestra nacionalidad. Por ello, me
pregunto por qué no se utiliza el flamenco como un punto
de encuentro real entre las dos culturas que configuran en
este momento los pilares de Andalucía.
Entre los males endémicos
de la cultura gitana se encuentra el absentismo escolar, que
a su vez lleva implícito el desempleo, una sucesión
de circunstancias que conducen a la marginalidad.
No seré yo quien ofrezca
las soluciones a nada, pero sí alguna reflexión: el
flamenco en las zonas marginales, con una fuerte presencia de
la comunidad gitana, debería ser el caramelo que engatusara
a los más pequeños para ver en la escuela un aliado
y no una penitenciaría. No hay malos alumnos, sino profesores
no adecuados para el colectivo al que tienen que formar. En los
pentagramas hay matemáticas; en las letras, literatura;
y en la historia del pueblo gitano se refleja la de España,
la del mundo
. El problema es que en un momento histórico
en el que se tiende a la homogeneización cultural para
facilitar la manipulación capitalista que sólo
persigue el consumismo, estos planteamientos se tachan de reduccionistas.
En las escuelas andaluzas se debería estudiar flamenco,
como en Cataluña se estudia catalán, para así
conocer algo más de la cultura gitana, de su modo de entender
la vida, de las justificaciones históricas y antropológicas
que le preceden, pero esto es una inversión que no vería sus
frutos en cuatro años, sino en la generación
venidera. Y su rentabilidad en las urnas no es inmediata.
En ambas caras de la baraja
hay un desconocimiento casi total de la realidad que arrastran los otros.
Los unos se quejan de su marginalidad, pero no saben en muchos casos
la penuria que provoca levantarse cada día a las 6 de la
mañana para ganar al final de mes 900 euros con los que
no se puede optar ni por una vivienda digna. Los otros le achacan
a éstos que les hagan sentir culpables de una situación
para la que exigen soluciones, aunque sin implicarse en el proceso de
transformación de su propio modo de vida. ¿Todo se lo
merecen por que sí? ¿Por qué tienen más
derechos a una vivienda protegida que los no gitanos? Pero pasan
por alto que somos la suma de las enseñanzas que nos han
legado y para un pueblo perseguido hasta mediados de la década
de los 70 y estigmatizado aún en nuestros días, es
muy difícil recuperar el atraso histórico que arrastran.
Para lo que deberíamos adentrarnos en el análisis de
la cultura de la pobreza heredada. Lo cierto es que entre ambos
se genera un vacío inabarcable que exige políticas
integrales que sirvan para eliminar los miedos, la aversión
mutua y ese desconocimiento que los condena a la
estigmatización y al rechazo.
Medidas acertadas en este sentido se
podrán disfrutar en un corto plazo de tiempo en el Polígono
Sur, un compendio de 6 barriadas de Sevilla, que aglutina a 50.000
vecinos y que ostenta el triste privilegio de tener los índices
de marginalidad más altos de Europa. En este núcleo
de la población, la comunidad gitana supone cerca de un 15%
del colectivo que lo habita y el flamenco es su buque insignia. De
hecho, ya se conoce a este sector de Sevilla como
la Triana del siglo XXI.
Tanto es así, que allí se
va abrir el Coliseo del Flamenco, una apuesta que pivota sobre tres
vértices: la necesidad de cubrir un nicho de empleo para un
colectivo muy importante de la población dedicada a todo lo que
rodea a este arte; la ubicación en este centro del más
importante archivo sobre el flamenco para que esta zona deprimida se
abra al exterior y sirva a la vez de atracción para quienes
quieran adentrarse en esta manifestación artística; y la tercera,
como un auditorio para recitales, con un aforo para 50.000 personas,
que induzca a los interesados en el flamenco a acercarse no sólo
a él, sino también a este enclave social y a los
ciudadanos que lo habitan sin caer en estereotipos ni
prejuicios adquiridos.
Si hay algo que tienen en
común todas las zonas marginales, es que a ellas sólo
acuden los foráneos para abastecerse de algo que esté al
margen de la legalidad. Por lo que el gran objetivo del proyecto
que se está desarrollando en estos momentos en el
Polígono Sur, es conseguir que el barrio sea visitado por su oferta
cultural, documental, laboral y formativa en torno al flamenco.
Para apostar por este tipo de
iniciativas hay que estar un poco loco y pensar que otro mundo es
posible, que otra manera de relacionarnos es posible, que el
flamenco es algo más que una manifestación encorsetada,
legada por nuestros ancestros. Hay que abrir los ojos y descubrir en
el flamenco la llave maestra, tan necesaria para revelar la idiosincrasia
del pueblo andaluz, oculta todavía para muchos de nosotros,
sin maniqueísmos rancios. No duden que es algo intencionado.
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