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La pulverización de las
fronteras. De otras cosas y el flamenco
«Del amor y otras cosas»
TEATRO CENTRAL DE SEVILLA, 5 FEBRERO 2008
Baile: Rafaela Carrasco, Daniel Doña.
Cante: Manuel Gago, Antonio Campos.
Guitarra: Jesús Torres.
Violonchelo: José Luis López.
Flauta y saxo: Ramiro Obedman.
Piano: Pablo Maldonado.
Aforo: Lleno.
Valoración: Hay que verlo sin esperar demasiado flamenco. Pero hay que verlo.
Dice un proverbio portugués que la luna y el amor cuando no crece, mengua
y algo parecido le ha ocurrido a Rafaela Carrasco en su espectáculo Del amor y otras cosas que estrenó el año pasado en el Festival de Jerez y que hemos podido ver el pasado 5 de febrero en el Teatro Central de Sevilla.
Ésa es alguna de las contraindicaciones que tiene ser una de las grandes, y es que en cada ocasión se espera algo más de ti. Y ese algo más, en esta ocasión, no era más contemporaneidad, sino más flamenco.
Al flamenco le está ocurriendo lo mismo que a conceptos azotados por modismos que se aplican a todo, que el abuso de su uso los termina desdibujándolos.
El público acudió al Central para ver a la bailaora sevillana haciendo lo que mejor que sabe hacer: bailar flamenco. No obstante, se encontró con un híbrido que no llegó a cuajar en ninguno de los dos extremos. Ni el flamenco, ni el contemporáneo. Y les podría enumerar algunos de los porqués.
1.- Porque Rafaela se comió en la coreografía a un Daniel Doña, por momentos hierático y con escasos recursos expresivos para transmitir los cinco estados del amor por los que atraviesa su historia: dependencia, pasión, rutina, desamor y recuerdo.
2.- Porque en este espectáculo, dirigido por Teresa Nieto, el protagonismo no se focaliza en el baile, sino que, en ocasiones, se diluye en una atmósfera embriagadora, donde el acompañamiento musical logra imponerse al foco de atención primario que debe ser el baile.
3.- Porque la escenografía, diseñada por Elisa Sanz, en la que un tatami se convierte en el centro neurálgico de la acción, te invita a imaginarte un tipo de espectáculo diferente a lo que te ofrece la compañía. Y ése, quizá sea, en mi opinión, el peor de los desaciertos: la indefinición.
No obstante, Del amor y otras cosas tiene un valor que nadie le puede usurpar: es arriesgado. Y arriesgarse en una sociedad tan acomodaticia como la nuestra, debe ser siempre premiado.
Se arriesga, al presentarnos un espectáculo narrativo, con tintes teatrales, en los que los cantaores Antonio Campos y Manuel Gago consiguen posicionar al espectador, como auténticos pregoneros, en la fase del amor por la que atraviesan. Lo mejor, la vocalización. Lo peor, las entradas y salidas fantasmagóricas de estos dos personajes, que en algún momento fueron incluso bruscas. Como ocurrió, de igual modo, con los músicos, que irrumpían y abandonaban el escenario sin la delicadeza que requería el momento.
Se arriesga también con el vestuario, diseñado igualmente por Elisa Sanz. De hecho se ha criticado que Rafaela se pasara los 70 minutos de la obra en un camisón de seda beige. En cambio, son imaginativos y recurrentes los atuendos, ya que superpuestos en ese elemento básico consiguen dotar a la coreografía de una carga simbólica notable. Una casaca roja, un abrigo negro rematado por una bata de cola que ejemplifica las rémoras que todos arrastramos en el amor, o un capote de papel que a modo de diario la envuelve a la vez que se va deshaciendo en el transcurso del baile, son algunos de los recursos estilistas que emplea para sumergir al espectador en un mundo contemplativo, con tintes contemporáneos, pero con escasa huella flamenca.
Y sí, hubo momentos de compás, toque de castañuelas, braceo, taconeo, incluso, melódicas escobillas
pero no hubo ni flamenco, ni una profundización elegante en el baile contemporáneo. Esa nebulosa fue la que hizo que el público del Central no se fuera extasiado del teatro. Nos llevamos un buen sabor de boca. La música, magnífica. El tiempo, el justo. Rafaela brillante, sensual y desgarradora, con una capacidad de transmitir reservada sólo para algunas elegidas, pero el resultado fue incierto, polémico y decepcionante para los más puristas. Lo mejor: la pieza en la en la que se plasma la ruptura del cordón umbilical que une a los dos enamorados, donde se eleva la temperatura del espectáculo a un momento cúlmen. Lo peor, la combinación tan desnivelada que conforma la pareja de baile y la indeterminación. Aunque a caso ése sea su valor más apreciado por los revisionistas: la pulverización de las fronteras.
APUNTES BIOGRÁFICOS
Rafaela Carrasco (Sevilla, 1972) ha sido discípula de Matilde Coral y se ha formado en la compañía de Mario Maya, en la que permaneció durante cuatro años, y en la Compañía Andaluza de Danza, en la que estuvo dos. Ha trabajado en diversas compañías, entre las que sobresalen las de Javier Barón, Belén Maya, Adrián Galia, Rafael Amargo y Francisco Suárez.
Su carrera como coreógrafa arranca con la obtención del Primer Premio a la Mejor Coreografía, el Premio a la Mejor Composición Musical y el Premio a la Bailarina Sobresaliente en el XI Certamen Coreográfico de Danza Española y Flamenco de Madrid por «A cinco» (2002). Y ha seguido con «La música del cuerpo» (2003), «Sólo un solo» (2004). Su versión personal de la malagueña, «Fuera de los límites» (2004), con Belén Maya, «Los caminos de Lorca» (2004) por encargo de la Compañía Andaluza de Danza, «Una mirada del flamenco» (2005), «Burlador» (2006), «Del amor y otras cosas» (2007) y «ConciertoGusto» (2007).
«Del amor y otras cosas» se estrenó en el Festival de Jerez de 2007.
Rafaela es una artista que funde la elegancia de la escuela sevillana con la originalidad de los movimientos contemporáneos; especialmente sus brazos, que unas veces destilan casticismo y otras llevan el sello inconfundible de la danza de hoy.
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