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Elizabeth Ortega

Suspenso en cultura del espectáculo

Actualizado: 01/03/2008

Andrés Marín
El alba del último día

Teatro Villamarta
Jueves 28 de febrero 2008
21 horas

Alba

Mi corazón oprimido
Siente junto a la alborada
El dolor de sus amores
Y el sueño de las distancias.
La luz de la aurora lleva
Semilleros de nostalgias
Y la tristeza sin ojos
De la médula del alma.
La gran tumba de la noche
Su negro velo levanta
Para ocultar con el día
La inmensa cumbre estrellada.

Federico García Lorca

Esta décimo segunda edición del Festival de Jerez, que ya atraviesa su ecuador, se está convirtiendo en un expositor de las distintas miradas con las que en estos momentos se está revisando el concepto del flamenco. Dicen los más rancios que "El alba del último día", el espectáculo que el bailaor Andrés Marín presentó este jueves, día de Andalucía, en el Teatro Villamarta, no va en consonancia con los gustos de un público muy especial para el que el jaleo, al menos históricamente, se ha erigido en el hilo conductor de sus demandas. Y no cabe la menor duda, de que ésa no fue la motivación que guió a Andrés Marín para componer este espectáculo, en el que cuenta con la colaboración de José Valencia y Segundo Falcón.


 Andrés Marín Segundo Falcón y José Valencia

Con una estética contemporánea, sobria, lúgubre en ocasiones, y con tintes minimalistas, El alba del último día, se levanta en tres enclaves específicos: el café Kursal, el de Chinitas y el café Suizo, que fueron sensibles al devenir histórico que experimentó nuestro país a partir de una fecha: el 18 de julio de 1936. Efemérides negra que se convierte no en el primer día del siglo XX, sino en el último del XIX.

Sobre esta triada pivota el montaje del bailarín sevillano. Al café Kursal lo representa como el infierno de una noche; al café de Chinitas, como ese paraíso cerrado para muchos; y al café Suizo, como ese jardín abierto para pocos.

A través de ellos el bailaor expresa tres maneras distintas de entender la evolución del flamenco y de explicar la historia más trágica de España. 1936, además de encerrar el inicio de la última contienda civil en esta tierra, es el año en el que fusilan a Lorca, en el que Falla empieza a morir en vida o en el que se sella el último café cantante, el Kursal sevillano.

Esta compleja trama metafórica exige del público una predisposición a interactuar mentalmente con el espectáculo. Una demanda que, en estos tiempos de hiperexposición pasiva mediática, supone un esfuerzo con el que no estamos familiarizado. De ahí que más de un espectador no aguantara la hora y cuarenta minutos de montaje que nos ofreció Andrés Marín.


 Andrés Marín

Sintetizando, y seguramente por ello vulgarizando, lo mejor del espectáculo es la apuesta por la documentación audiovisual para enriquecer el montaje e intentar dignificar la historia del flamenco y desmitificar algunos fantasmas que todavía sobrevuelan este arte ancestral. De ahí que sorprenda gratamente al público la apertura de la función con la voz en off de Pepe Marchena, sobre imágenes y fotogramas de los cafés de la época.

Es muy acertada también la inclusión del percusionista Antonio Coronel, que aporta riqueza al montaje creando música con un pandero, o con dos botellas de agua dentro de un recipiente en el que los ecos sonoros son sugerentes y sobre todo refrescantes. Es quizás el que proporciona las pocas bocanadas de aire fresco que purifica el ambiente.

Y no podemos dejar de centrar la mirada en el modo en el que Andrés dirige la orquesta con los brazos y consigue que sus pies traduzcan en sonidos los diferentes estados emocionales que atraviesa. Si tenéis oportunidad de acudir a este espectáculo, atentos a los cascabeles que hace sonar en el pie izquierdo, como símbolo de respuesta jocosa a la esclavitud y el encorsetamiento de las artes y las ideas, innovación con la que abre el espectáculo. Y atentos también al modo en el que su taconeo se agudiza o gana en opacidad en función del mensaje.

Lo peor, y siempre sujeto al criterio intransferible de cada observador, es que se convierte en cansino, repetitivo y excesivamente sobrio. Se echa en falta un respiro festivo que relaje los ánimos. Y además le sobra testosterona (no hay ninguna aportación femenina ni en los cantes ni en los videos). Para mí le sobran 20 minutos. Cuando el patio de butacas empieza a estar inquieto y a moverse es que ya no tiene más capacidad para asimilar toda la condensación de mensajes que está recibiendo. Está estudiado que somos incapaces de permanecer más de 45 minutos atentos a nada. Incluido el mejor espectáculo de baile que nos presenten.

Y como observaciones finales me atrevo a detallar que no se debería permitir que 20 minutos después de que empezara un espectáculo la gente aún siga entrando y levantando filas para acomodarse. Un poco de respeto por el artista y por quienes han sido rigurosos en el uso del tiempo. Y la última: por muy poco interesante que te resulte un montaje es una falta de respeto desmedida, para quienes están dejándose el alma en el escenario, que te levantes antes de que concluya, al margen de que es una muestra de prepotencia y egocentrismo. ¿Y si al de detrás le parece un momento sublime interrumpido por la sombra grotesca de un cuerpo en movimiento?.

La opinión es libre, como las personas, las ideas y el arte. Ése es el mensaje sublime sobre el que se forja "El alba del último día" . Pero seguimos suspendiendo en cultura del espectáculo y educación, que es la mejor herramienta de la que hoy disponemos para hacer un uso inteligente de la libertad.

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