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Veredicto: Culpable
Israel Galván
El final de este estado de cosas
Jueves, 8 de marzo de 2008
Teatro Villamarta
XII Festival de Jerez
Baile: Israel Galván
Cante: Diego Carrasco, Fernando Terremoto, Juan José Amador
Guitarra: Alfredo Lagos
Baile, palmas y compás: Bobote
Percusión: José Carrasco
Si el bailaor Israel Galván quiso remover las conciencias adormecidas de las más de 1.200 personas que el pasado jueves se dieron cita en el teatro Villamarta de Jerez, para ver su espectáculo EL FINAL DE ESTE ESTADO DE COSAS, lo consiguió. Y además puso en pié al auditorio, algo que no ha sido muy frecuente en esta décimo segunda edición del festival de flamenco jerezano.

Codeándose de los mejores, Israel Galván, mantuvo durante más de 100 minutos la atención de un público al que le hurgó en las entrañas hablándole de la muerte, le puso un espejo para que se mirara de frente y reflexionara sobre las caretas hipócritas con las que vivimos una religión festiva hecha a nuestra medida, que no nos exige nada
y lo mejor es que consiguió que nos riéramos, literalmente, de nosotros mismos y nos autodisculpáramos de nuestras contradicciones y de la fragilidad humana.
De este modo, al concluir el espectáculo y sondear las opiniones de perfiles dispares de espectadores, se llegaba a la conclusión de que Israel Galván había conseguido el fin último que persigue toda obra de arte: que al mostrarla sea el sujeto observador el que se apodere de ella, y le otorgue su interpretación personal e intransferible, ligada indisolublemente a sus vivencias personales. Así, para un rociero que viera como Galván se movía como un poseso dislocado golpeando un tamboril, que terminaba convirtiéndose en un apéndice de su cuerpo que lo asfixiaba, la escenografía le produciría un aluvión de reacciones que nada tendrían que ver con las experimentadas por el joven agnóstico o el individuo atormentado que pudo encontrar su momento álgido en el cuadro de la batería conduciéndonos, como una secta satánica, a las puertas de Lucifer
Lo mejor:
1.- Consigue humanizar su baile y se convierte en un instrumento más del mensaje global que pretende dar con su espectáculo.
2.- Comparte el protagonismo con el elenco de artistas que lo acompañan, al situarlos en una tarima elevada, algo que además agradece el público por la perspectiva que ofrece.
3.- Propone un espectáculo cerrado pero rompedor en el que cada elemento que entra o sale está medido y justificado. Y así nos encontramos con la presencia de violines, bandurrias, saxos, bajos o baterías que nos hablan de las distintas formas en las que el ser humano se relaciona con su Dios. Un dios fustigador, folklórico, entrañable, desolado pero siempre omnipresente al que tendremos que enfrentarnos en El final de este estado de cosas.
Lo peor:
1.- El volumen. Especialmente cuando gana presencia la batería llega a ser molesto.
2.- La duración. Exigirle al espectador una hora y cuarenta y cinco minutos de atención, sin tregua, puede llegar a resultar desmesurado.
3.- La iluminación. Por favor, que alguien modifique la imposición de la luz cenital en los espectáculo flamencos, especialmente cuando el protagonismo se centra en la figura del bailaor. No obstante hay que reconocerle apuestas brillantes en este concepto, creando ambientes dispares con luces rojas, bolas que proyectan la luz hacia el público o la ausencia total de ésta para invitarnos al recogimiento y la reflexión.
Hay espectáculos a los que hacerles una crítica se torna especialmente complicado porque temes adolecer de reduccionista. Para ser honesta le he de reconocer que me senté en el patio de butacas con un poco de apatía. La trayectoria del bailaor sevillano no me había engatusado desde el primer momento
y con esa predisposición negativa que intenté neutralizar me encuentro con un Galván bailando sobre un montículo de arena, desnudo de torso, y con una careta senil que me reafirmó en mi premonición. Pero acto seguido se proyecta un documental de una alumna suya que baila el duelo de la muerte paterna desde Beirut al compás de las bombas y los disparos de las metralletas
En ese momento empecé a sentir respeto por el dolor ajeno y la valentía de su apuesta
De ahí en adelante todo fue una espiral que te atrapaba en el asiento, que por momentos no llegabas a entender, pero que te impedía despistar ni un solo instante la atención del escenario
hasta llegar a un desenlace, que nos unifica e iguala a todos: la muerte.
La valentía y el descaro con el que vemos a ese elenco de artistas haciendo compás sobre un ataúd invertido, o la osadía con la que Israel se remueve en su propia tumba, es de una belleza plástica y de una abstracción de tal calado que consiguió enmudecer corporalmente a las más de 1.000 personas que contemplaban atónitos el desenlace de su espectáculo.
¿Veredicto? Culpable, sí: Por osado, incriminatorio, heterodoxo, histriónico, irrespetuoso, ladino, incisivo, soberbio, magistral. Y sobre todo porque se atreve a tocar los pilares en los que se sustenta nuestra civilización: la fe y el dinero. ¿O tendría que decir mejor la fe en el dinero?
Si se encuentran con este espectáculo por su camino, no dejen de ir a verlo, desnudo de prejuicios y equipajes, como diría el poeta. Tal y como hemos venido y abandonaremos este mundo.
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