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Los cantes olvidados

Actualizado: 06/03/2008

Nacieron entre terruños y a la sombra de los olivos para aligerar las duras jornadas de trabajo de los que sudaban los campos andaluces. Ronda y Sierra Morena les hicieron de cuna en la época en que los románticos ingleses viajaban hasta Andalucía en busca de los tópicos españoles que trascendían las fronteras del reino. Bandoleros, fugitivos, pastores y contrabandistas dieron sentido a sus letras y hoy son mero reclamo para turistas, un poco como ayer. Se les considera cantes chicos, si es que existen los grandes, y apenas quedan unos pocos que los conservan en la memoria. Son los cantes campesinos.

Una empresa sevillana ofrece, desde hace unos años, a los turistas la posibilidad de viajar en el tiempo y convertirse en víctimas consentidas de una partida de bandoleros. El halo de romanticismo que envuelve a estos delincuentes de antaño parece no tener fin. El caso es que, a cambio de unos euros, cualquiera puede formar parte de un teatro improvisado al aire libre y dejarse capturar por los míticos bandidos. Tras la experiencia, como no, cena y flamenco, eso último que no falte. La explotación turística del arte no es reprobable, la idiosincrasia del pueblo lo permite y hasta favorece, y de algo hay que vivir. A fin de cuentas, no desvirtúa la esencia y reconstruye un pasado que está ahí, en los libros de historia. Y escarbando un poco, se llega a la conclusión de que tanto estereotipo hasta favorece la recuperación de pequeñas joyas que han quedado relegadas al olvido de la tradición oral. Este turismo participativo y de aventura, basado en las correrías de los bandoleros de los siglos XVIII y XIX, permite al visitante disfrutar, a la caída de la noche, de cantes de trilla, siega y siembra en el lugar mismo que les dio la vida.

Estos cantes menores, si atendemos a la clasificación imperante durante décadas y que recientemente parece haber caído en desuso, considerados siempre fuera de la órbita de lo jondo, forman parte del sustrato que sirve de base a los grandes palos del flamenco. Emocional y técnicamente más fáciles de interpretar, se caracterizan por el especial énfasis de su ritmo y por sus temas ligeros y optimistas. Se puede hablar, entre otros, de la Pajarona de Bujalance, las Temporeras de Almodóvar del Río, Porcuna y Torredonjimeno, el cante de Sierra y Gañana de Torredelcampo y los de siega y trillera. Todos ellos cantes campesinos notablemente influenciados por el folclore andaluz, y poco o nada cultivados por los cantaores profesionales.

De todos ellos, quizás el más conocido, es la Serrana, con letras como, “Y va una partía. Por la Sierra va una partía, y su capitán se llama José María”. Se duda entre su origen malagueño o cordobés, pero lo único cierto es que en un principio se cantaba a palo seco, adquiriendo luego un compás abandolao (de verdiales) y más tarde el de seguiriyas, que aún hoy se emplea. El primero en cantarlas, a nivel más popular, fue Silverio Franconetti. La misma raíz comparten las trilleras, un estilo poco ejecutado del que también se tienen noticias en otras zonas de España como Castilla o Murcia. Cantes, en cualquier caso, autóctonos de las zonas agrícolas, cultivados por los propios jornaleros para animar sus labores.

En esta clasificación podemos rescatar también otro estilo perdido, las caleseras. En este caso, temas musicales que acompañaban a los viajeros de las calesas con el acompañamiento improvisado de los cascabeles que engalanaban a las bestias, una forma preflamenca que no llegó a tener categoría musical y que era una mezcla de Serrana y Liviana. Aún suenan los ecos de letras como, “Arre mulilla torda, cascabelera, a la hija del alcalde quien la cogiera”. Temáticas simples, cotidianas que inundaban los caminos al paso de los vehículos.

El paso del tiempo, la modernización y la caducidad de unas letras que no se corresponden ya con la realidad imperante en Andalucía han abocado a este tipo de manifestaciones al olvido, excepto en casos muy concretos como el ya mencionado turismo de aventura. Solo algunos, los más viejos del lugar, son capaces de reconstruir estrofas que en su día fueron una herramienta más junto a la azada y el arado. Hay quien argumenta que su condición de cante menor también ha contribuido a ello, una hipótesis poco probable si tenemos en cuenta que según esa incomprensible clasificación, el mismo destino hubieran corrido cantes como la Malagueña de Enrique El Mellizo, los Fandangos de Caracol, las Alegrías de Chano Lobato o las Bulerías de La Paquera. No es por tanto una cuestión de calidad, ya que los géneros son grandes o chicos según quien los interprete. Se trata, simplemente, de que los tractores ya no permiten elevar el quejío flamenco por encima del de sus bujías.

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